¿Cómo puede ayudar la homeopatía durante el duelo y la muerte?

“¡Ah! ¡pero qué semejantes son los gemidos del amor y de la agonía..!”

(Malcolm Lowry, Bajo el volcán)

 

Vida y muerte, muerte y vida. En este vídeo los Dres. José Ignacio Torres y Gonzalo Fernández comentan acerca del proceso del duelo y la muerte.

En esos momentos tan duros y difíciles, por los que muchos hemos pasado, cómo se agradece la compañía y las palabras del médico.

Porque un acto médico no solo es recetar medicamentos. En absoluto. Es más, ya hemos hablado en otros posts (aquí y aquí) de qué modo se está sobremedicalizando la sociedad ante situaciones que no requieren de medicamentos sino de adaptaciones a las nuevas circunstancias. O situaciones de tipo social, asociadas fundamentalmente a la pobreza, que muchas veces, demasiadas, son las verdaderas causas o desencadenantes de la enfermedad.

En todo caso, centrándonos ahora en el duelo y la muerte, acompañar a la persona o a sus familiares con atención y delicadeza, con una escucha activa y una compasión no compasiva ¡puede ayudar tanto!

Y qué decir de los medicamentos homeopáticos en estas situaciones. Pues que, puestos a elegir, y si fuera necesario medicar, pueden ser de gran ayuda dados sus poco efectos secundarios.

Medicamentos tales como Natrum muriaticum, Ignatia, Causticum, Phosphoricum Acidum… Pero sobre todo, y para hacer una buena prescripción, hay que individualizar cada  paciente para ver cuál o cuáles son los sentimientos o sensaciones predominantes, que  es lo que nos dirigirá al mejor medicamento para esa persona determinada y esa situación. Porque cada uno de nosotros puede reaccionar de manera diferente ante la misma situación.

A continuación José Ignacio relata una de sus experiencias, relacionadas con la muerte y el acompañamiento, vividas en su labor de médico de familia:

“Estuve solo en tres ocasiones con Juan Carlos, pero es de esos pacientes que un médico nunca olvida.

Acudió el pasado verano a mi consulta por estar su médico de vacaciones por dolores relacionados con diversos motivos en el contexto de un cáncer de pulmón tratado con cirugía y quimioterapia.

En esos días, los dolores le permitían hacer vida normal con la única, pero no desdeñable limitación, de la dificultad para dormir, especialmente por un dolor de tipo neuropático relacionado con el tratamiento previo.

Charlamos largo rato, y valoramos las posibles opciones para mejorar sus dolores y su salud en general, de modo que unos días después acudió de nuevo solicitando que fuera yo su médico de cabecera por la pequeña mejoría experimentada con la medicación y la confianza generada en nuestra relación.

Poco más de un mes después, acudió a la consulta su esposa. Yo había estado fuera de vacaciones y Juan Carlos se encontraba peor hasta el punto de no poder venir el mismo al Centro de Salud por lo que al terminar la consulta me dirigí a su domicilio.

Le encontré en la cama, con dolores soportables controlados con una dosis baja de analgésicos opiáceos, más delgado, cansado y con dificultad para moverse por la importante astenia que sufría.

La habitación luminosa era un elemento más de la escena que estábamos representado. Su calidez nos permitió establecer un momento significativo hablando de la vida y de la muerte que parecía estar muy presente entre nosotros y a pesar del cansancio y el dolor su rostro sereno me ayudó a tomar su mano y poner los cinco sentidos en el encuentro.

Escuché su relato de los últimos días, y la última consulta con el oncólogo en el hospital. Explicaba el resultado de las pruebas, que desafortunadamente mostraban un rápido empeoramiento de la enfermedad, el tratamiento pautado para controlar los síntomas y su perplejidad por las palabras del médico cuando les comunicó la mala noticia.

Intenté comprender el impacto emocional que estas palabras habían supuesto para ellos y conocer la información de que disponían, pues desde mi punto de vista, la situación clínica de Juan Carlos me hacía pensar que estaba en sus últimos días.

Por eso, después de explorarle, me dispuse a un largo y profundo diálogo que me permitiese saber cómo poner en marcha todos los recursos técnicos y afectivos que el paciente precisaba.

Hablamos de sus hijos, de sus asuntos personales, sus amigos y el modo de controlar sus síntomas y garantizar el confort. Hablamos también del modo de desplazarse al hospital para la siguiente consulta, ya que el oncólogo insistía en seguir el tratamiento con quimioterapia y de los recursos sanitarios domiciliarios disponibles cuando fueran necesarios, que a mi modo de ver era ya.

Al salir de esa casa, que visitaba por primera y quizás última vez acudieron a mí emociones en cadena y un batallón de dudas. No sabía con certeza si Juan Carlos se encontraba realmente en una situación terminal o era una impresión personal, por lo que llegué a pensar que quizás me había precipitado en mis consejos, y que pudiera ser que el oncólogo con su experiencia en estos casos tuviera razón sobre la utilidad de la quimioterapia en la mejora de la cantidad y calidad de vida del paciente.

Llegué muy tarde al Centro de Salud a la vuelta de la visita con muchas imágenes y emociones y con la duda de cómo gestionar el desplazamiento al hospital en el caso de que fuera a consulta en los próximos días. Dudas que acentuaron algunos compañeros de mi equipo y que me hicieron pensar de nuevo en la prematuridad de mis impresiones.

Por eso, al día siguiente decidí llamar por teléfono al oncólogo que de modo cordial me informó de la situación del paciente y compartió conmigo su opinión, lo que constituyó para mi una bofetada de realidad.

Era posible, que me hubiera equivocado en mi impresión pronóstica y no sabía si eso podía dañar a Juan Carlos y su familia.

Me quedé con desasosiego y dudas pero la decisión de acudir al hospital estaba tomada y yo partía de vacaciones con mi familia.

Después de la consulta, Juan Carlos ingresó en el hospital para fallecer pocos días después, por la progresión de la enfermedad, sin que tuviera oportunidad de visitarle.

Lo supe por su esposa, que vino a la consulta para agradecerme esa visita domiciliaria que le permitió despedirse de su mejor amigo que vivía en Sudamérica y dejar sus asuntos personales, familiares y espirituales resueltos.

Me hubiera gustado poder estar con ellos en esos momentos. Hubiera deseado que el final pudiera haber sucedido en esa casa que desprendía calor de hogar y amor, pero solo me resta el haber estado allí en un momento posiblemente importante para ellos y acompañar a esa mujer en un duelo que se presenta difícil porque todavía no he sido capaz de hacerle ver que el duelo no es el final del amor conyugal, sino una de sus fases.

A menudo me da por pensar cómo hubiera sido nuestra relación si los tiempos hubieran sido otros. Porque hay personas con las que estableces vínculos que parecen más difíciles de romper.”

Dice el antiguo adagio médico que “curar, a veces, aliviar a menudo, consolar siempre”.

Y José Ignacio cita al psiquiatra Thomas Emmenegger cuando afirma que “lo que cura es la relación y el afecto; no hay terapia sin simpatía”.

Pues eso, amigos.

Sobre el Autor

Dr. Gonzalo Fernández-Quiroga
Dr. Gonzalo Fernández-Quiroga

Tal como decía Holden, “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia…”

Bueno, pues nací en un pequeño pueblo de montaña donde por la noche se contaban historias. Las mujeres que venían a casa con sus candiles, se sentaban, hilaban y contaban. Todas aquellas largas noches nevadas de invierno escuchando historias. Historias de todo tipo, de miedo, de muerte, de espíritus, de risa, amor, de desamor. Historias.

Después estudié y me licencié en Medicina por  la Universidad de Barcelona (UB). Hice el postgrado en Homeopatía por la UB-Academia Médico Homeopática de Barcelona (AMHB). He sido Director del Máster de Medicina Homeopática de la UB (2011-2016) y de la propia AMHB. Me encanta la docencia y ahora sigo de profesor de homeopatía en la AMHB y el CEDH. También cursé el Máster en Terapia Breve Estratégica, en su primera promoción, con el equipo de G. Nardone en el Institut Gestalt de Barcelona (2000-2002) que ha influido mucho en mi formación.

He incorporado, pues, la Homeopatía y la Terapia Breve a mi consulta médica para así abordar las historias de los pacientes en todas sus dimensiones: física, emocional, comunicacional y también, de algún modo, espiritual.

Porque, más de allá de todo, sigo escuchando historias. Historias extrañas, dramáticas, desesperanzadas, vitales. Intento curarlas o aliviarlas con la ciencia y el arte médicos. Cambiar esas narrativas, esos patrones, físicos y emocionales, que nos aprisionan. Y para ello, primero, busco comprender la historia verdadera. La historia verdadera de cada uno de nosotros.

Me apasiona la literatura, la poesía, el cine, la comunicación... La naturaleza. La belleza de todas las cosas. El humor. La vida, en una palabra.

Como médico, y como científico, aún creo en la antigua magia que tienen las palabras.

Ordet.

8 Comentarios

Comentar
  • Creo que es muy importante saber y comprender que la vida a veces (¡¡¡muchas!!!) duele sin ser ni estar enfermos. Simplemente duele.
    Gracias por poner voz y letra a algo tan, tan, tan importante de compreder para médicos y pacientes. Pacientes, que todos lo somos.

    Amigos míos, un abrazo enorme.

    • Exacto Guillermo, duele, como nos está doliendo ahora que Joseba nos ha dejado.
      Como nos duele tantas otras veces y por tantas cosas.
      Pero eso también es la vida
      un fuerte abrazo

  • Muchas gracias, Gonzalo, por el post y José Ignacio, por compartir en el video su experiencia preciosa. Cuando la medicina se establece en sus principios universales de compasión , empatía, sutileza, profundo respeto y amor por nuestros hermanos y hermanas de especie, eleva la ciencia a un nivel extraordinario y la confirma en su verdadero fundamento.
    Tres veces en mi vida he tenido el privilegio de acompañar en el momento final, la despedida de amigos entrañables y puedo asegurar que no se fueron al vacío de la nada, porque dentro de ellos había una esencia y una energía que no solo no se agotaba a causa del desenlace sino que crecía en la medida en que se desprendían de sus moldes corporales con una naturalidad, una libertad sabia y una fluidez asombrosas, que les impulsaban desde dentro. Aquí no puedo resumir aquellas experiencias, pero sí haré algún día un relato en mi blogg, porque creo que valdrá la pena compartir algo tan hermoso y profundo como esperanzador, que podría ayudar a mirar con otros ojos lo que llamamos muerte y que en realidad puede convertirse en una experiencia extraordinaria cuando se vive desde la conciencia unificada con todo lo vivido sin que queden agujeros negros por medio; para ayudar a remediar en lo posible ese estado de transición está el acompañamiento desde la paz y el cariño que en vez de atar, libera y desata. Facilita y arropa sin amarrar.
    Es un privilegio leer posts como éste, querido Gonzalo, y escucharos a José Ignacio y a ti conversar haciendo del tabú de la muerte un camino hacia la luz. Es una suerte que haya médicos como vosotros y vosotras. Un abrazo
    Sol

  • Soy médico, colegiado en la COMB y homeópata desde 1993.
    He estudiado 3 años con Boirón, de quienes obtuve el Diploma de Terapéutica Homeopática.
    Después estudié Medicina Antihomotóxica con Phinter-Heel, en la Universidad Pompeu Fabre y acabé con el título.
    He practicado la homeopatía (como buena alemana) desde entonces y con cierto éxito, en mi consultorio privado,donde la mayoría de los pacientes eran alemanes o franceses, que ya estaban familiarizados con esta manera de “curar”.
    Yo misma practico la homeopatía en mi ámbito familiar. A veces recibo llamadas telefónicas desde Alemania buscando consejo.
    Desde luego, a mi me ha cambiado la vida.

    • Heidi, celebro que hayas tenido tan buena experiencia como médico con la homeopatía. Es la que hemos tenido todos nosotros. Y sí, también, de diferentes formas, nos ha cambiado la vida.
      un abrazo

  • Que importante poder sentirte sincero y amable (en realidad, amoroso) junto a un paciente en estas circunstancias.
    Poco importa, pienso a veces, si el paciente es terminal o solo lo parece. Si se trata de poner asuntos en orden, de compartir emociones y de decir a los que amas cuánto les amas, la enfermedad cuando no la cotidianeidad, deberían ser impulso suficiente.
    La homeopatía ayuda a estos pacientes. Tanto como nos ayuda a nosotros, los terapeutas (me sale esta palabra en lugar de médico), a conservar la clase de mirada y de intención que permiten esta forma de acompañar.
    Y ayuda a las familias, porque la enfermedad terminal es sin duda un acontecimiento familiar en el durante y en el después.

    Gracias compañeros

    • Todo muy cierto Gualberto y suscribo lo que dices. Muchas veces solo acompañando se hace tanto. Y los medicamentos homeopáticos pueden ser de tanta ayuda…
      Un abrazo, amigo

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