Los 5 grandes errores epistemológicos sobre el Coronavirus

¿Cuáles han sido los grandes errores de fondo en el abordaje de esta pandemia? Y me refiero no ya a los políticos y sanitarios sino a los mas profundos, los epistemológicos (si me disculpan la palabra) de los que derivan todos los demás, o sea, aquellos que están en la raíz, en los principios del conocimiento de un asunto.

Pues podemos citar unos cuantos, algunos de ellos viejos conocidos de nuestra errada epistemología médica predominante:

  • La idea de que la enfermedad es una guerra.
  • El mito del control que lleva a la pérdida del control.
  • El mito de la objetividad científica.
  • El mito de la certeza para los médicos.
  • El mito de la certeza para los pacientes.

Esto no es ninguna guerra

La metáfora de la guerra contra la enfermedad, contra el cáncer, ahora contra la la COVID-19, es muy negativa y contraproducente. Y responde a uno de esos grandes errores de fondo instalados en nuestra medicina: el de que las bacterias y los virus son muy malvados y que la enfermedad viene de un afuera repleto de enemigos alienígenas de los que debemos defendernos como sea.

“Este maldito bicho”, “este hijodelagran…”, “ganaremos esta guerra”, “venceremos todos juntos”… Todas estas ínfulas bélicas de pacotilla tan propagadas en redes y, lo que es peor, por las mismas autoridades y stablishment sanitario no se sostienen ni científica ni educacionalmente si de verdad queremos construir una sociedad adulta y libre.

No, amigos, la verdad es que estamos rodeados  de virus y bacterias, estamos “hechos” de esos “bichitos”. Tenemos millones de bacterias en nuestro organismo y, más aún, billones de virus, la mayoría de los cuales son beneficiosos y realizan importantes funciones en nuestro organismo. Convivimos con ellos. Son nuestros “amigos”. Esa es la realidad.  

¿A qué vienen, pues, esas comparaciones guerreras de las autoridades gubernamentales en la mayor parte de países ? ¿A qué viene esa iconografía militarista de las ruedas de prensa, en el nuestro? No recuerdo ahora quién dijo, recientemente, que esas comparaciones bélicas son, en última instancia, un desprecio también hacia las personas que realmente sí que están viviendo o han vivido una guerra; y ejemplos, incluso en la actualidad, no nos faltan. Un gran desprecio, sí, y un gran error epistemológico.

El mito del control que hace perder el control

Algunos hablan del siglo XIX como el del movimiento romántico y la tuberculosis como enfermedad representativa y, el XX, y estos inicios del XXI, el del control y el cáncer. En todo caso, una vez más, este mito del control, sobre el que se han basado importantes supuestos, se ha derrumbado estrepitosamente. Esa idea subyacente de que, como criaturas elegidas de la creación, podemos controlar y explotar indiscriminadamente todos los recursos del medio ambiente, del planeta, ya que, en nuestro soberbio delirio, somos sus dueños y por ello, podemos hacer de él lo que queramos.

Y no es que no tuviésemos ya constantes señales que nos indicaban lo contrario, pero ha tenido que venir un modesto organismo medio vivo para derribarnos una vez más del pedestal. Y me es igual que haya sido creado en un laboratorio o que se origine por causas naturales. Las explicaciones, tanto las “alternativas” como las oficiales, no son muy convincentes, aunque tampoco hay que desechar ninguna de ellas.

Porque hoy día cualquier empresa, cualquier estado, cualquier individuo o grupo sin escrúpulos pueden aliarse y jugar a aprendices de brujo con los genes. Nuestra idea de control así nos lo hace creer. Porque somos los más chulos. Por dinero, por ego, por poder, en fin, por lo de siempre desde que el mundo es mundo, lo cual atañe también a la investigación científica. Y aunque seguro que abundan más los investigadores comprometidos con el verdadero progreso y los valores éticos, de todo hay en la viña del señor. Así que tampoco me sorprendería que el virus se haya fabricado artificialmente con aviesas intenciones o se haya escapado accidentalmente de algún laboratorio. Recordemos que si algo es técnicamente posible, alguien lo estará haciendo en algún lugar.

Por otra parte, esta pandemia muy bien ha podido ser un acontecimiento natural. La naturaleza es caprichosa tantas veces (ya saben que “azar” es ese nombre que damos a nuestra ignorancia) o, simplemente, puede haberse cansado de los “mercados húmedos” (disculpen mi sonrisa), de la sobreexplotación del medio ambiente, de la tala indiscriminada de grandes masas forestales y la presión que supone para tantas especies, antes en equilibrio, que deben cambiar de hábitat, ya sean mosquitos, pangolines o murciélagos, los chivos expiatorios de las explicaciones oficiales.

Así que me es igual que el origen sea de los laboratorios o los sufridos murciélagos. Lo fundamental, en ambos casos, es nuestra idea de control, el creernos los nuevos dioses de los genes o de la naturaleza. Y cuando el control se lleva a un extremo, como bien conocemos por patologías en terapia breve, el resultado es una pérdida de control que luego nos sorprende y nos asusta.

Lo peor de todo es que nuestra contrición y propósito de enmienda no suele durar mucho.  

El mito de la objetividad científica

La idea de la objetividad en la ciencia no es mala en sí misma siempre que la veamos en perspectiva y no se vuelva rígida. Verla en perspectiva significa que una buena cantidad de científicos ya han mostrado que esta supuesta objetividad no es posible o está muy limitada (Einstein, Gödel, Heisenberg, Von Foerster…). Este último, Heinz Von Foerster, lo sintetiza muy bien: “objetividad es la ilusión de que  las observaciones se pueden hacer sin un observador”

En medicina aún es más cuestionable esta presunta “objetividad”, pero ya sabemos que la epistemología médica predominante, a pesar de que ha producido innegables avances tecnológicos, se ha quedado estancada en paradigmas de hace dos siglos (por lo menos). No, no existe objetividad en cuanto que al observar un fenómeno lo alteramos con nuestra observación. Es tan sencillo como eso.

La idea de la MBE (Medicina Basada en Pruebas) también es buena en sí misma pero, como todo lo que se convierte en rígido, colapsa. Y ha colapsado, aunque sus adeptos más recalcitrantes todavía no lo saben. El ensayo clínico, ya sea doble o triple ciego (¡qué gran metáfora!), no es capaz de explicar lo cualitativo, lo complejo de los seres vivos, o lo hace de forma muy aproximada. Por no hablar de la inutilidad y falsedad de tantos estudios como mostraba el clásico artículo del reputado J. Ioannidis o, más recientemente, la escandalosa expulsión de la Colaboración Cochrane de uno de sus fundadores, Peter Gotzsche, o la utilización espuria por parte de las farmacéuticas que han “secuestrado” y convertido, al final, a la MBE en un apéndice más de ellas mismas, como los propios editores de las más prestigiosas revistas científicas (Horton, M. Angell) han denunciado.

La piadosa explicación de que el hecho de que salgan a la luz todos estos escándalos es muestra de que el sistema funciona, es eso, una explicación tan piadosa como la del mercado húmedo y los ubicuos murciélagos. 

Médicos, no existe la certeza

En estos meses de pandemia COVID-19 hemos visto lo que es en verdad la medicina. Una práctica empírica. Se han administrado medicamentos que luego hemos comprobado que eran inútiles o contraproducentes. Y no uno, ni dos, muchos. Quizás algún día se estudie la yatrogenia producida por ellos. Ha influido lo excepcional de la situación, claro, pero también la “lucha”  entre laboratorios para imponer sus fármacos a pesar de la controversia por su falta de “evidencia”.

Esto no es ninguna crítica a mis colegas sanitarios que han estado en primera línea, afrontando la crisis, las más de las veces sin los medios adecuados. Al contrario, han sido unos verdaderos héroes y bien merecido tienen el agradecimiento de la ciudadanía, aunque mucho me temo, saliéndome del tema, que cuando todo esto pase ellos serán los primeros sacrificados.

Y es que en medicina, nos guste o no, vivimos y viviremos con la incertidumbre a pesar de todos nuestros intentos, ficticios, de control. Un cierto grado de incertidumbre, inherente al acto médico, que ni protocolos, ni guías, ni reglas de ningún tipo pueden prever. Si alguna vez lo hemos creído, la pandemia nos ha vuelto a mostrar la realidad.

Lo siento, colegas sanitarios, pero una vez más constatamos lo que ya sabíamos: que no hay certezas. Es lo que hay.  

Pacientes, no existe la certeza

Lo siento aún más, pacientes, pero en medicina no hay certezas, ni garantías. Es lo que hay.

Tantos años de mala educación sanitaria ha hecho creer que la medicina es algo cierto, seguro y con garantías. Que podemos afrontar con éxito seguro cualquier situación. Que para todo hay una vacuna o un fármaco. “Tú no puedes pararte por un resfriado” decía el anuncio televisivo. Pues vaya que sí. Un modesto virus, de la familia de los que producen los resfriados, ha hecho que te pares, no solo tú, sino el mundo.

Pero en vez de educar a la gente en esa idea de la incertidumbre médica, ahí siguen los políticos y los medios hablando de la vacuna milagrosa. De nuevo la falsa seguridad, la de los niños pequeños. Pronto habrá una vacuna y todo habrá sido un sueño, un mal sueño.

Y quizás haya una vacuna, no digo que no, aunque hasta ahora no se ha conseguido para ningún coronavirus. Y quizá también sea más efectiva y menos controvertida que la de la gripe que, por paradójico que suene, cuanto más la MBE muestra sus carencias y déficits, más campañas de vacunación emprenden las autoridades.

Y así seguimos sin implicar a los ciudadanos en la gestión de su salud. ¿De verdad que con la presunta distancia de seguridad y las contradictorias recomendaciones sobre mascarillas ya hemos hecho todo lo que podemos hacer?

Reflexiones para un nuevo paradigma

Yo creo que, ya que nos hemos parado todos, que se ha parado el mundo, algo insólito en la historia reciente para una sociedad tan engreída como la nuestra, quizás valdría la pena reflexionar un poco, tal como hacemos en los periodos de convalecencia tras una enfermedad.

Ahí van, pues, unas cuantas reflexiones:

  • ¿Cómo cambiar nuestro posicionamiento ante el medio ambiente con todo lo que eso conlleva?
  • ¿Cómo actuar como si formásemos parte del planeta y no como sus dueños?
  • ¿De qué manera convivir con la incertidumbre?
  • ¿Cómo primar la cooperación en vez de la competitividad como repite mi amigo Guillermo?
  • ¿Cómo centrarnos en las condiciones socioeconómicas como principales causas de enfermedad?
  • ¿De verdad que la enfermedad solo viene de fuera?
  • ¿Cómo, dejando aparte mi genética, que es la que es, mis circunstancias vitales, emociones, reacciones y susceptibilidad temporales influyen en eso que llamamos “sistema inmune”?
  • ¿Qué puedo hacer yo para que ese sistema esté en las mejores condiciones?
  • Dieta saludable, movimiento físico, dinamismo osteomuscular, comprensión emocional, autocuidado, perspectiva holística… ¿Cuántos fármacos nos evitaríamos practicando y educando, de verdad, a la población en ello?
  • ¿Cómo concretar el “primum non nocere”?
  • ¿Cómo integrar el holismo en medicina sin perder “objetividad” y en beneficio del paciente?
  • ¿Cómo desterrar el miedo?
  • ¿Cómo hacer para que nos traten como adultos libres y responsables de nuestra salud?
  • ¿Cómo ser más tolerantes, respetuosos y solidarios?

Sí, viendo estas reflexiones, ya sabemos que muchos prefieren la “vacuna”.

Pues nada, a esos hay que emplazarlos a la próxima pandemia o similar… Porque vendrán más si seguimos así.

El gran Gregory Bateson, antropólogo, científico social, cibernético, dice en su obra “Pasos hacia una ecología de la mente”:

“Es inútil alegar que un pecado concreto de contaminación o explotación fue solo venial, o preterintencional, o que se cometió con la mejor de las intenciones. O que, «si no lo hubiera hecho yo, lo habría hecho cualquier otro».

Y él, que no era creyente, cita a S. Pablo en la que considera “la máxima más severa” de la Biblia y, trasladándola a los procesos cibernéticos y ecológicos, concluye que al igual que la ley de la gravedad o la entropía:

 “Dios no puede ser burlado”.

Gracias Gregory. No será por no haber avisado.

Sobre el Autor

Dr. Gonzalo Fernández-Quiroga
Dr. Gonzalo Fernández-Quiroga

Tal como decía Holden, “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia…”

Bueno, pues nací en un pequeño pueblo de montaña donde por la noche se contaban historias. Las mujeres que venían a casa con sus candiles, se sentaban, hilaban y contaban. Todas aquellas largas noches nevadas de invierno escuchando historias. Historias de todo tipo, de miedo, de muerte, de espíritus, de risa, amor, de desamor. Historias.

Después estudié y me licencié en Medicina por  la Universidad de Barcelona (UB). Hice el postgrado en Homeopatía por la UB-Academia Médico Homeopática de Barcelona (AMHB). He sido Director del Máster de Medicina Homeopática de la UB (2011-2016) y de la propia AMHB. Me encanta la docencia y ahora sigo de profesor de homeopatía en la AMHB y el CEDH. También cursé el Máster en Terapia Breve Estratégica, en su primera promoción, con el equipo de G. Nardone en el Institut Gestalt de Barcelona (2000-2002) que ha influido mucho en mi formación.

He incorporado, pues, la Homeopatía y la Terapia Breve a mi consulta médica para así abordar las historias de los pacientes en todas sus dimensiones: física, emocional, comunicacional y también, de algún modo, espiritual.

Porque, más de allá de todo, sigo escuchando historias. Historias extrañas, dramáticas, desesperanzadas, vitales. Intento curarlas o aliviarlas con la ciencia y el arte médicos. Cambiar esas narrativas, esos patrones, físicos y emocionales, que nos aprisionan. Y para ello, primero, busco comprender la historia verdadera. La historia verdadera de cada uno de nosotros.

Me apasiona la literatura, la poesía, el cine, la comunicación... La naturaleza. La belleza de todas las cosas. El humor. La vida, en una palabra.

Como médico, y como científico, aún creo en la antigua magia que tienen las palabras.

Ordet.

12 Comentarios

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  • Ah, casi se me olvida, sí que conozco algunos libros de Jorge Bucay pero no conocía este relato en concreto. Me encanta que su experiencia coincida con tantas otras en las que yo también he tenido el privilegio de vivir personalmente en terapias, donde el paciente y yo crecíamos juntos compartiendo experiencias siempre únicas y sorprendentes.

    Un beset, com es diu a Valéncia o un petó com es diu a Catalunya!

  • Hola Gonzalo:

    Si que me ha hecho pensar y replantearme ideas tu artículo y sus reflexiones.
    A mi me encantaría tener una respuesta de por qué este coronavirus está afectando de esta manera tan cruel. Por qué cuando China estaba en plena epidemia no se supo evitar que llegara a ser una pandemia.
    El ser humano parece que necesita tener una respuesta a todo acontecimiento y ademas externalizar, no reconocer su propia culpa en lo sucedido.
    Tu me pones sobre la mesa varias cuestiones que me parece que tengo que aceptar aunque no me gusten. En el fondo me llevan a desconfiar del hombre, de todo lo mediático que invade los medios de comunicación y a desear que reflexiones como la que tu haces sean compartidas y vividas por mi y por el mundo mundial.
    Gracias.

    • Hola Miriam,
      sí, lo de culpar al «exterior» es lo más habitual ante cualquier problema. Una actitud errónea, en mi opinión.
      Es cierto que muchas de estas reflexiones no nos gustan por lo que implican pero también creo que es la manera para poder cambiar. Como la serie de preguntas finales que propongo para realizar precisamente ese cambio.
      Un abrazo

  • Muchas gracias por estas interesantes reflexiones, Gonzalo.
    Un artículo brillante en el fondo y la forma. Muy bien aprovechada la oportunidad para profundizar en lo que de verdad importa y podemos aprender.

    Gracias de nuevo

  • Gracias, Gonzalo, por este lúcido despliegue de verdades como templos. Es un regalo leerte en un tiempo tan loco y en derrape constante, surfeando frívolamente, como especie perdida en el filo de la navaja antropológica. Esto que vivimos es el corte que necesita el nudo gordiano del disparate como sistema «normal». Es el stop de la misma vida, a una loca carrera de desvaríos. Dios es la vida misma y ella tiene siempre la última palabra, que en realidad también es la nuestra. Lástima que solo se compruebe cuando ya es demasiado tarde. Aunque el tiempo no es un absoluto sino solo un a priori de la sensibilidad interna como dice Kant, y eso también puede ayudarnos en el cambio de energía y de conciencia si así lo decidimos.
    Recuerdo a una amiga, recuperada de la droga, que mientras agonizaba en el Clínico de València, a causa del SIDA, me dijo: «Qué faena, morir tan joven!», «Sí, -le respondí- solo tienes 24 años». «No, Sol, solo tengo tres. Porque yo nací a los 21, cuando me desperté y vi que no había vivido nunca de verdad, que había sido como una planta, un animal enfermo o una piedra, no un ser humano de verdad ¿Te imaginas si no hubiese salido de la droga, estudiado, trabajado, y encontrado lo mejor de mí, reconciliada con mi familia y con el mundo, y me hubiese ido de aquí sin siquiera haber nacido de verdad?» Aquella misma tarde murió llena de paz y con una sonrisa luminosa, dando gracias, por sus magníficos tres años de vida.
    Ojalá nuestra especie sea capaz de hacer lo mismo: despertarse a la luz antes de irse al garete.

    Un un abrazo,querido amigo y maestro

    • Hola Sol, gracias por tu sentido y bonito comentario (como siempre son los tuyos) seguro que conoces un cuento de Jorge Bucay, titulado el cementerio de la felicidad: va de un hombre (simplifico) que llega a un cementerio y se extraña y entristece de que todas las lápidas tienen fechas de fallecimientos de tres años, o seis o siete… Piensa que debe ser un pueblo maldito que mueren los niños. Pero el cuidador del cementerio le explica: cuando los niños llegan a 15 años se les regala una libreta que llevan colgada del cuello. A la izquierda deben apuntar todas las sensaciones que les hicieron disfrutar, apasionarse, vivir… Un beso, un viaje, el nacimiento de un hijo, etc. Y a la derecha cuánto duró ese goce, esos momentos… Y cuando la persona muere se abre la libretas y se pone en la lápida la suma de los momentos disfrutados, porque ese es para nosotros el único y verdadero tiempo vivido.
      Un abrazo Sol

      • Qué cosa tan bonita, Gonzalo. Muchas gracias. Me he emocionado profundamente al recordar a An la querida amiga de la que os he resumido la historia, primero en prisión y luego en Proyecto Hombre hasta llegar a asumir la felicidad de saberse viva y despierta mientras se iba. De hecho el antiguo bautismo de los comienzos evangélicos era l a expresión de ese cambio. No era para bebés como ahora, sino para adultos que habían madurado y conseguido dar el paso de la inercia a la conciencia, de la muerte a la vida, por eso relataban en voz alta su proceso a los hermanos y amigos presentes, luego se metían en el agua por completo, ‘ahogaban’ el viejo equipaje y salían nuevos y con una vestidura blanca. Para An ese paso fue primero la cárcel y luego la terapia de la acogida, la comunidad y la reinserción social , los tres pasos del tratamiento de Proyecto Hombre. Una experiencia inolvidable de auto-reconocimiento para evolucionar si se decide afrontar el reto. El ser humano es un depósito de energía y de posibilidades increíbles, no cabe duda. Los problemas y dificultades, la enfermedad o el conflicto, pueden ser sin duda la puerta del cambio irreversible si hay constancia y apertura interna.
        Un abrazo, Gonzalo y muchas gracias por todo

        • Estoy muy de acuerdo Sol. Pueden ser puertas al cambio si hay apertura y podemos renovar nuestros viejos esuqemas.
          Un abrazo

    • Muchas gracias Guillermo! En eso estamos… Ahí estás tú con lo de cooperar en vez de competir… ¿qué te voy a decir?
      Un fuerte abrazo!!

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