Lo que el viento de la Covid se llevó de nuestras vidas

Última modificación: 21-12-2020 11:19:10

Y, entonces, una espesa bruma se apoderó de toda la faz de la tierra. Una bruma que confundió a los hombres y les llenó de temor profundo primero, desconcierto, y resignación, después, y quién sabe, hastío, al final, como todo lo que nos llega a ser tan familiar.

Y un viento suave fue horadando la niebla, metiéndose entre los resquicios de su materia gelatinosa hasta llegar a las ciudades y a los pueblos, a las casas, las cocinas y las habitaciones. Y, lenta, muy lentamente, siguió soplando, leve, inadvertido, llevándose consigo las pertenencias de los hombres.

Y sucedió que los hombres se dejaron confundir por la espesura de la niebla y por el arrullo de ese viento monótono que la mecía. No hizo falta mucho más, como antaño. Ni bombas, ni guerras, ni cataclismos, ni destrucciones.

Primero una silla desvencijada que ya estaba para tirar, después un armario que chirriaba, un espejo roto. Y así, poco a poco, ese viento se nos fue haciendo familiar, tal vez, como el hastío, como el miedo, como la incertidumbre que llenaba el horizonte y no sabes lo que va a durar. Y así, poco a poco, sin despertar sospechas, ese viento fue llevándose también las cosas más intimas de los hombres y las mujeres, aquellas que nos hacían precisamente humanos.

Se llevó, sin que lo notaras, aquel vestido resplandeciente de tus primeros besos, aquel que te prometes tirar cada vez que lo vuelves a ver y que, al final siempre dejas para la próxima ocasión, tu bolsa de canicas, tu cajita de música, el reloj de tu padre, el gorrito de cuando el bebé, tu pelota de fútbol, tu primer cuaderno.

Todo se lo llevó el viento, todo lo entregaron sin apenas resistencia.

Abrazos

Lo primero que entregaron fueron los abrazos. Al principio les pareció extraño y lo echaron de menos pero, después, hasta se pudo ver todas las ventajas de la renuncia. Esa incomodidad que a veces nos producían, esas ganas de fundirnos con el otro cuando sabíamos que, quizás, sería la última vez que estaríamos en sus brazos, esa sensación de no querer despegarnos, esa alegría inmensa que el otro apenas sospechaba, ese roce imaginado…

Sí, todo en los abrazos era fragilidad delatora y, ahora, afortunadamente, con la renuncia, ya nada nos delataría. Por no hablar de los olores desagradables de algunos cuerpos y algunas caras y  gestos que ahora ya no tendríamos que soportar.

Y todo, además, para salvar vidas, el gran hallazgo comunicativo de aquella época. Irrebatible, incontestable. ¿Quién sería tan insolidario, tan egoísta, para pensar solo en sí mismo y no en las vidas que se podían salvar tal como repetían una y otra vez los políticos y los medios?

Ancianos

Así que les dijimos a nuestros padres, a nuestros abuelos, que abrazos, no.  Que era  por su bien, por salvar sus vidas. Que ya habría otros momentos. Otro año, hombre, que esto no durará siempre. Otra Navidad.

Algunos abuelos protestaron tímidamente y nos decían que qué vida era esa, que cuando se llega a una edad las cosas se ven de otra manera y que nunca sabes si esta será la última Navidad, el último momento. Que lo que importa es ahora. Venga, no exageres papá, mamá, les decíamos, que siempre fuisteis unos exagerados.

O sea que, con nuestro beneplácito, las autoridades correspondientes los encerraron en unas agradables habitaciones con vistas, como rezaba el anuncio, para salvar sus vidas, esperando otra Navidad, otros momentos. O los metimos en sus casas sin salir, sin apenas ver el sol. Los tuvimos encerrados durante meses, años quizás, sin abrazos. Algunos no entendían bien porque, llegada una edad, el tiempo se vive diferente o porque la enfermedad del olvido va adueñándose de ti y ya nos distingues bien un día de otro. Pero allí estábamos nosotros para decidir por ellos, para salvar sus vidas.   

Niños

Desde las habitaciones con vistas tampoco se oía ya reír a los niños, aquella algarabía que llenaba el aire de las mañanas y las tardes y nos hacía sonreír. El viento que mecía la niebla se los había llevado. No físicamente, no, pero sí sus almas, igual que las del País del Nunca Jamás.

Primero, los acusamos de ser los principales culpables. Y culpables dobles porque transmitían el mal pero ellos no se infectaban, los malditos. Prohibimos que jugasen en los parques a pesar de que, por aquel entonces, ya se sabía que el aire libre era uno de los sitios más seguros. Los encerramos en casa y les ofrecimos nuestros mejores chuches, esto es, nuestras televisiones y pantallas, lo que fuese.

Les enseñamos lo de no abrazar, ni besar, lo de no compartir, lo de no juntarse, lo de la distancia. Todo eso era peligroso, muy muy peligroso. No había que fiarse de nadie porque el bicho (nuestra metáforas seguían siendo tan pedestres como siglos atrás) podía estar en cualquier parte y era muy muy malo. Les hablábamos así, abriendo los ojos y pausando la voz como hacíamos al leerles los cuentos.

Así conseguimos que crecieran con miedo y que pensaran solo en sí mismos. Así conseguimos que olvidaran las emociones y fueran menos débiles. Así conseguimos que maduraran de una vez y pronto, muy pronto, para esa sociedad tan madura que les esperaba en el País del Nunca Jamás.

Adolescentes y jóvenes

Cuando pareció que los niños no eran tan responsables como se pensó en un principio encontramos a los verdaderos culpables. Los irresponsables. Los verdaderamente irresponsables. Esos que se creen que en la vida no hay dolor, no hay muerte, que no es un valle de lágrimas donde se viene a sufrir, mayormente. Esos que solo piensan en la fiesta y el cachondeo. Esos que siempre están en otro mundo, el que sea. Esos que nos recuerdan nuestro pasado, nuestros sueños y por eso, cada vez que los vemos, nos joden doblemente.

Por todo ello, los adolescentes fueron encerrados las veces que hiciese falta. Ya se arreglarían con los ordenadores y las tablets para seguir el curso, incluso los que no tenían tablets ni ordenadores. Ah, y nada de salir por la noche. Había toque de queda (algo que nos recordaba mucho a los golpes de estado) aunque en este caso solo fue una “restricción nocturna de la movilidad”. Las televisiones se cebaban en alguna de las supuestas fiestas en que eran sorprendidos y los tachaban de todo, hasta de delincuentes. No hubo compasión para ellos.

Los adultos

Con ellos hizo falta poco para que entregasen su alma. El miedo fue suficiente.

El sexo

Igual que con los abrazos y los besos, al principio echamos de menos el sexo entre personas pero pronto empezaron a verse también las ventajas de tal renuncia. Responsables de salud de diferentes países hicieron sesudas explicaciones al respecto. Fue una de las pocas veces, en la historia, en que las autoridades competentes hablaban tan abiertamente de sexo.

La verdad es que producía un cierto sonrojo escuchar al responsable sanitario entrar en ese nivel de detalle, Que si esta postura, que si esta otra, esta pierna por aquí, esta por allá. Y que lo mejor de todo era masturbarse. Jo, tantos años de condena eterna y ahora resultaba que las autoridades nos lo recomendaban. Las vueltas que da la vida. Masturbarse es bueno pero follando se conoce gente, dijo el ya olvidado, incluso en aquel entonces, Woody Allen. Pero de lo que se trataba ahora era precisamente eso, de no conocer gente. Distancia, distancia social (y humana).

De todas formas, el sexo siempre fue un acto indiscutiblemente animal que nos rebajaba de nuestro estatus de reyes de la creación planetaria y universal. ¡Y qué me dices de esos asquerosos fluidos que nos intercambiábamos en esos encuentros!. Qué asco, si lo piensas bien. Ahora todo era limpio, aséptico, higiénico, virtual, seguro. Previsible.

La confianza

Cada hombre, mujer, vecino, amigo, familiar, hasta, incluso, cada allegado, podría llevar consigo el estigma del virus. Había que prevenirse, cuidarse. Salvar vidas, recuerden. Así que todos empezamos a mirarnos con desconfianza y sospecha. Huy esa tos, ese estornudo, esa mano… Así fue como todos pasamos a ser delatores y enemigos en potencia. 

La cooperación

En la última crisis mundial, la de 2008, la sociedad se prometió a sí misma cambiarlo todo. Líderes mundiales hablaron hasta de refundar el capitalismo e ir a otros sistemas más justos y solidarios.

Ahora, también fue así. Al principio, la gente salió a los balcones y ventanas, a la misma hora, para encontrarse. Un sentimiento de unión y solidaridad impregnaba el ambiente. Aplaudían a los sanitarios que, mal pertrechados e informados, fueron enviados a la primera línea de combate. Y, también, nos aplaudíamos a nosotros mismos y nuestra alegría por ayudarnos, reencontrarnos y reconocernos.

El planeta no podía seguir así y, esta vez, el mundo sí iba a cambiar. Cuidar el medio ambiente, ocuparse de verdad del cambio climático, dejar de sobreexplotar las tierras y los bosques, refundar lo que fuese para que nada de esto volviese suceder.

No duró mucho.

Enseguida empezaron a acusar a los sanitarios de vagos, de no atender bien a sus pacientes. Enseguida nos sentimos abandonados por el sistema y, hastiados, en vez de aguantar, nos entregamos, entregamos nuestra alma sin apenas resistencia.

Fue entonces cuando suspiramos por la vacuna que lo iba a curar todo. Hubo ciertas reticencias por las prisas y la subasta de mercadillo entre farmacéuticas para ver quien ofrecía más beneficios pero los políticos y los medios hicieron su labor, masajeando oportunamente los mensajes y llamando a la responsabilidad y la solidaridad, a salvar vidas, recuerden.

El resto, todo lo demás, lo verdaderamente importante y nuclear, quedó para la siguiente crisis.

Preguntas finales

-Oye, abuelo, -dijo ella- no entiendo cómo pudo suceder eso. ¿Y cómo acabó todo? ¿qué fue de aquellos políticos que unos días decían unas cosas y, otros, la contraria?¿qué fue de aquellos que engañaron a la gente con lo del respeto del medio ambiente? ¿qué fue de la gente que se dejó engañar a sabiendas? ¿qué fue de los medios?

¿qué fue de aquellos que nunca entendieron que la salud es una, que las personas, además de cuerpo, tienen emociones y alma? ¿y que la salud se refuerza con el sol, el aire libre, el afecto, los abrazos, el ejercicio y el cuidado de las emociones? ¿qué fue de los que seguían sin entender que los principales determinante de salud son la pobreza y los estilos de vida y no, aunque sean bienvenidos, los hospitales?¿ qué fue de los que seguían experimentando medicamentos en los países del tercer mundo? ¿qué fue de los que ofrecían vacunas a esos países, aunque bienvenidas, sin antes ofrecer comida o agua potable no como caridad sino como acto de justicia?

¿Y qué fue, también, de algunos de aquellos que se llenaban la boca con lo de una medicina más integradora de cuerpo y espíritu, de respeto al organismo y al medio, de armonía, pero, en la práctica, solo ofrecieron pasividad a la hora de defenderla, dogmatismo y discordia?

¿qué fue de todos ellos?

-“Pues, francamente, querida…” comencé a decir, esbozando una sonrisa, sabedor de que ella tampoco entendería de dónde venía la frase.

Sobre el Autor

Dr. Gonzalo Fernández-Quiroga
Dr. Gonzalo Fernández-Quiroga

Tal como decía Holden, “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia…”

Bueno, pues nací en un pequeño pueblo de montaña donde por la noche se contaban historias. Las mujeres que venían a casa con sus candiles, se sentaban, hilaban y contaban. Todas aquellas largas noches nevadas de invierno escuchando historias. Historias de todo tipo, de miedo, de muerte, de espíritus, de risa, amor, de desamor. Historias.

Después estudié y me licencié en Medicina por  la Universidad de Barcelona (UB). Hice el postgrado en Homeopatía por la UB-Academia Médico Homeopática de Barcelona (AMHB). He sido Director del Máster de Medicina Homeopática de la UB (2011-2016) y de la propia AMHB. Me encanta la docencia y ahora sigo de profesor de homeopatía en la AMHB y el CEDH. También cursé el Máster en Terapia Breve Estratégica, en su primera promoción, con el equipo de G. Nardone en el Institut Gestalt de Barcelona (2000-2002) que ha influido mucho en mi formación.

He incorporado, pues, la Homeopatía y la Terapia Breve a mi consulta médica para así abordar las historias de los pacientes en todas sus dimensiones: física, emocional, comunicacional y también, de algún modo, espiritual.

Porque, más de allá de todo, sigo escuchando historias. Historias extrañas, dramáticas, desesperanzadas, vitales. Intento curarlas o aliviarlas con la ciencia y el arte médicos. Cambiar esas narrativas, esos patrones, físicos y emocionales, que nos aprisionan. Y para ello, primero, busco comprender la historia verdadera. La historia verdadera de cada uno de nosotros.

Me apasiona la literatura, la poesía, el cine, la comunicación... La naturaleza. La belleza de todas las cosas. El humor. La vida, en una palabra.

Como médico, y como científico, aún creo en la antigua magia que tienen las palabras.

Ordet.

16 Comentarios

Comentar
  • Qué precioso escrito. Es un relato de una gran belleza y profundidad. ¡Es tan cierto todo lo que describes¡. A pesar de la tristeza que puede provocar recordar lo que el viento se ha llevado, lo describes con tanto arte que es un placer leerlo. Muchas gracias por deleitarnos con tu escritura.

  • Me ha encantado leer esto.
    Gracias por estas palabras escritas, sencillas y profundas, eso me ha parecido. Que estupendo que haya médicos, científicos, que las escriban.

  • Qué reflexiones tan necesarias y tan reconfortantes, querido Gonzalo. Qué sabia Medicina. Muchísimas gracias como siempre y Felices fiestas, maestro y hermano.
    Un abrazo enorme!

  • Encantadoramente acariciador con la palabra. Mueves fibras, refrescas el alma, ensanchas el corazón de quien te lee. Eres un mago. Fascinante leerte y sentir ese hilo conductor de la ternura con esmero.
    Me encanta tu pluma, Mensajero del alma.

    • Hola Lucís,
      muy agradecido por tus palabras tan bonitas y emotivas. La verdad es que ha sido un post muy especial.
      Te deseo una Feliz navidad y aprovecho para deseársela a todos los lectores del blog.
      Un abrazo
      y ojalá que sea un tiempo de abrazos para todos

    • Hola Carles,
      gracias por tus palabras. Viniendo de ti son todo un elogio.
      Y espero seguir tu consejo 😀
      Una forta abraçada
      Bon Nadal

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