La sala de espera y las canciones de Serrat

Si alguien me preguntara cuál es el lugar del hospital o del centro de salud del que se puede sacar más información para mejorar la atención que prestamos a los pacientes diría sin duda que la sala de espera.

Allí se escucha lo que piensan las personas. Se convive en un espacio reducido y se comparten opiniones, preocupaciones, miedos y frustraciones. Y también experiencias.

La sala de espera debería ser un lugar humano, confortable y con oportunidades para realizar educación para la salud.

Un espacio sin carteles amenazadores o de dudosa estética en el que la poesía, la pintura y la música tuvieran protagonismo.

Una invitación a ser más que a estar, ser partícipe de actividades saludables generadoras de información y de dopamina.

Los pensamientos curan más que los medicamentos

Bruce Lipton

Cada día al abrir la puerta de la consulta mientras voy preparando la jornada, marcada en estos momentos por la atención telefónica que impone el contexto, pienso durante un instante que mi misión debería ser ayudar a mis pacientes, aconsejándoles hábitos saludables e inculcándoles pensamientos positivos mientras evito en lo posible la prescripción de medicamentos salvo cuando son necesarios.

Por eso, me sobra tanta fealdad, prefiero llenar esa sala, de canciones de Serrat.

La vida y la muerte bordada en la boca tenía Merceditas la del guardarropa….

Quiero recordar y compartir en este post algunas vivencias antes de que irrumpiera la pandemia en nuestro día a día, y quiero empezar por un día en el que al terminar la consulta únicamente quedaban en la sala de espera una joven embarazada y dos mujeres de edad media que venían juntas.

Después de atender la llamada telefónica de una psicóloga que quería informarme de la situación de un paciente común, hice pasar a las dos mujeres.

Una de ellas, la de más edad, sonriente y con los labios de un rojo carmín, tomó la iniciativa después de haber recibido cordialmente a ambas. Me contó que su acompañante se sentía muy deprimida y que, incluso, creía que había intentado suicidarse con una caja entera de Noctamid sin que, afortunadamente, hubiera habido consecuencias.

Conociendo la historia clínica de la paciente, cuya piel cetrina denotaba una insuficiencia renal crónica avanzada, dudé que hubiera sido así, pero su rostro y sus lágrimas corroboraban que sufría de modo intenso.

Vivir dependiendo de una máquina, sin la compañía y el cariño de sus hijos, lejos de su verdadero hogar y sin trabajo era razones más que suficientes para su desmoronamiento. Además, sentía que cuando acudía a la consulta del psiquiatra lo único que recibía eran más pastillas.

Después de preguntarle por su familia, sus preocupaciones y sentimientos y centrarme en ella más que en sus síntomas, después de tiempos de silencio y de escucha, después de un espacio de compromiso y afecto, le propuse buscar posibles soluciones a su problema. Y le ofrecí varias alternativas.

Unos momentos antes su acompañante compartió conmigo la buena noticia de la impresionante mejoría de una amiga rusa que había sido tratada en el hospital y que había podido volver a su lugar de residencia. Había puertas a la esperanza.

Me había escuchado decirle que todo tiene solución y aunque la dificultad real de la situación para ella era obvia, sentirse escuchada, comprendida y reconocida como madre y persona valiosa nos permitió decidir su traslado al hospital acompañada de su familiar, en cuya casa estaba viviendo para ser valorada por el psiquiatra.

Pensé entonces en aquel libro en el que había leído las palabras de San Francisco de Asís y me parecieron apropiadas a la situación. Quizás fueran de ayuda para ella en una próxima visita: ayúdame a soportar lo que no puedo comprender. Ayúdame a cambiar lo que no puedo soportar.

Al terminar la consulta me despedí de ambas con un beso y el deseo de haber sido de alguna ayuda, así como trasladando mi disponibilidad para el futuro. Entonces, la paciente me agradeció mi tiempo de escucha y de respeto.

Instantes después entró en la consulta la joven embarazada que estaba a punto de salir de cuentas y que venía a visitarme. Era una de mis últimas médicas residentes con la que me une un gran afecto y quería compartir conmigo los nervios de los últimos días y la alegría de la llegada del nuevo ser.

Pensé en que en pocos instantes había pasado de hablar de tristeza y de la muerte que la paciente deseaba, a la alegría y la vida que la joven transmitía, y supe que la vida y la muerte son la misma cosa y están en todos nosotros.

Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así, aprovecharlo o que pase de largo depende en parte de ti…

Son las ocho y cuarto y aunque mi consulta comienza dentro de quince minutos está esperando que podamos compartir ese tiempo y espacio que considera útiles.

Es una excelente trabajadora y necesita tenerlo todo bajo control, por eso ha venido pronto, porque queda mucho que hacer y organizar y las horas pasan rápido.

En realidad, me dice, no entiendo porque tengo ansiedad, si todo me va bien, la familia, el trabajo, mi relación de pareja…

Pero no lo puedo evitar. Esos síntomas diarios, esos movimientos de mi cara involuntarios, las palpitaciones y los miedos. Y ese sueño que no es lo suficientemente reparador. Tantas preocupaciones y tanto estrés. Tanto tenerlo todo controlado. Pero me encuentro mucho mejor.

Aún recuerdo nuestra primera consulta. Al salir a la sala de espera llena de gente me dijo que tenía prisa y se marchó del Centro de Salud, pero de un modo intuitivo sentí que me necesitaba y otra paciente que compartía mis sensaciones salió corriendo detrás de ella para que le atendiera después.

Creo que fue un pálpito y un acierto porque supe al instante que necesitaba ayuda. Y ese mismo día comenzamos una relación terapéutica que siento fructífera y que precisa de un tiempo que ambos decidiremos. Salió con otro semblante agradeciéndome la consulta con un beso.

Quizás deberíamos terminar las consultas considerando que para las personas que nos visitan cualquier día puede ser grande como su corazón, su fortaleza y arrojo.

Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio

El primer día que la vi en la sala de espera no tuve duda de que se trataba de una mujer de carácter, independiente y con recursos.

Su castellano era bastante bueno aunque era evidente su nacionalidad tanto por su nombre como por su aspecto físico y su acento.

Esta mujer joven desprendía energía incluso después de hablar de sus dudas y de su relación de pareja mientras lloraba.

Escuché su historia profesional y familiar con sus aristas y sus miedos mientras ella tomaba el pañuelo y el aliento para seguir contándome lo que le afligía.

Han sido pocos encuentros pero significativos. Al menos a mí, como terapeuta, me han dejado su huella.

El tiempo, los encuentros y el apoyo del psicólogo le han convertido en lo que siempre fue. Una mujer fuerte y con futuro a pesar de los obstáculos que pone la vida.

Ha comprendido que nunca es triste la verdad. Lo que no tiene es remedio.

Cada loco con su tema, contra gustos no hay disputa, artefactos, bestias, hombres y mujeres, cada uno es como es, cada quien es cada cual.

Hay tantas salas de espera y lugares de espera como personas. Tanta calma o prisa como la mente y el corazón nos piden. Tanta impaciencia como los demás o nosotros mismos nos imponemos. Por ello, cada espera es individual y respetable. Cada cual es como es. Y como tal debemos entenderle.

Me dice agitada, casi con lágrimas, en la sala de espera, que no tiene cita pero necesita hablar urgentemente conmigo. Espera pacientemente a que termine la consulta para volver a tener un espacio de escucha y desahogo. Esta vez le acompaña su madre y apoya su decisión de solicitar la baja. Se ha precipitado al comenzar a trabajar de nuevo cuando su mente no estaba preparada. El tiempo ayudará a poner las cosas en su lugar.

Me sorprende recibir un correo electrónico pidiendo ayuda. Necesita que le atienda mañana en la consulta. Sin saber cómo conoce mi dirección de correo, le contesto que mañana le atenderé a primera hora antes de empezar la consulta. Y allí está con su pequeña estatura y su gran corazón. Reconozco entonces a la autora del correo electrónico. Me da las gracias antes, durante y después de la consulta que como tantas otras veces se convierte en un lugar sagrado de lágrimas y silencios.

Me confiesa que no puede más. Que las crisis son más frecuentes que antes y que no puede ir a ninguna parte. Que todo le da miedo. Ha decidido volver y seguir tratamiento porque todo es un mar turbulento y necesita brújula y capitán para seguir el trayecto de su vida.

Enciendo un cigarrillo y otro más. Un día de estos que de plantearme. Muy seriamente dejar de fumar. Con esa tos que me entra al levantarme

Es un hombre jovial y educado y aunque nos hemos visto pocas veces le reconozco enseguida, de modo que le hago pasar a la consulta aunque todavía no es la hora. Viene con su chaqueta de cuero y su casco de moto que deja en la silla contigua.

Hace tres años que tuvo un infarto de miocardio del que se recuperó completamente y hace vida normal. Le digo que su tensión arterial y los análisis están perfectamente.

Como es habitual, a pesar de su nivel cultural, no conoce la utilidad de los medicamentos que lleva años usando (la aspirina, el hipolipemiante, el betabloqueante, el IECA) y aprovecho para introducir un consejo para dejar de fumar, ya que los anteriores han sido infructuosos.

Cuando llega el turno a las ventajas de dejar de fumar para el cuidado de sus arterias coronarias y su corazón, me dice convencido:  

Entonces, está claro que soy un gilipollas….

Ya lo decía Pascal que uno cambia no por lo que le dicen los demás, sino por lo que se dice a sí mismo.

Por eso me callo y ya no digo más.

Nos despedimos con un caluroso apretón de manos hasta la próxima consulta, mientras pienso en la canción de Serrat.

De nuevo, una canción de Serrat para una sala de espera que estará llena hasta que la música deje de sonar.

Sobre el Autor

Dr. Jose Ignacio Torres
Dr. Jose Ignacio Torres

Jose Ignacio. Médico de familia. Después de un año breve pero intenso de formacion en la Fundación Jiménez Díaz como médico residente de hematología, realicé mi residencia de medicina de familia en el Hospital Universitario Marques de Valdecilla (Santander). He trabajado en muchos aspectos relacionados con la medicina de familia: jefe de estudios, tutor de residentes, presidente de la comisión de calidad... Pero sobre todo en mi consulta en los centros de salud de las antenas (Santander), Barcelona en Móstoles (Madrid), San Agustín y Gamonal Antigua (Burgos) y actualmente en Montesa (Madrid). Siempre me han interesado la investigación, la docencia y la asistencia y por eso he tenido la suerte de poder formar muchos médicos residentes la mayoría de los cuales han compartido conmigo la ilusión y el cariño de tratar con personas, de cuidar personas. Me considero un terapeuta, alguien que intenta ayudar a mejorar la salud de los que acuden a su consulta. En los años 90 sentí la necesidad de aprender otras formar de terapia y tuve la gran fortuna de conocer la homeopatía. Soy especialista universitario en homeopatía por la universidad de Valladolid. Desde entonces, tanto en el centro de salud como durante algunos años en mi consulta privada he tenido la maravillosa experiencia de escuchar, comprender y tratar a muchos pacientes con medicamentos homeopáticos y me he sentido realmente útil.

Mis áreas de interés prioritario han sido las actividades preventivas, las enfermedades cardiovasculares crónicas, y las técnicas de comunicación. Pertenezco al grupo-programa comunicación y salud de SEMFYC y he sido varios años parte de un extraordinario grupo de profesionales y amigos en el grupo de comunicación y salud de Burgos.

Como docente actualmente soy profesor del CEDH y he tenido la posibilidad de compartir experiencias y conocimientos con alumnos de pregrado (alumnos de medicina de la facultad de medicina de Zaragoza), médicos, veterinarios y farmacéuticos.

La homeopatía me ha dado la oportunidad de conocer a excelentes profesionales y personas, ayudar a muchos pacientes y proporcionarme las herramientas más poderosas para un médico: la humildad, el sentido común, la escucha activa y unos fármacos seguros y eficaces.

8 Comentarios

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  • Hola José Ignacio. Como me alegra entrever esa emoción y dedicación que emanan tus palabras y que conocí cuando tuve el honor de trabajar a tu lado.
    Me animas y empujas a seguir adelante en esta situación.
    Un abrazo muy grande.
    Chema, el de Gamonal.

    • Querido Chema.
      Qué alegría contar contigo entre nuestros lectores.
      Un abrazo para toda la familia burgalesa y muy especialmente para ti.

  • Jose Ignacio: si que sería un proyecto interesante a pergeñar, mientras las salas de espera están más vacías, el hacer de ellas espacios agradables y con mensajes útiles presentados de forma atractiva.
    En algunas privadas hay pantallas con videos de consejos para la salud y/o de técnicas que están a nuestra disposición. Algo así como la presentación de recetas mientras esperas a comprar los embutidos en Alcampo.
    Pero a tí se te puede ocurrir algo más original, con música y letra, claro.
    Muchas gracias, como siempre.

  • Querido José Ignacio, no tengo palabras disponibles para describir lo que emana esa creatividad y esa vocación tuyas/vuestras, compartidas como un canto cósmico, puestas al servicio de lo más noble y reconfortante que hay en esta vida: amar, cuidar, acompañar, educar y sanar por dentro y por fuera a los seres humanos, sin dejarse aplastar por las trabas, dificultades y acontecimientos demoledores como la actual pandemia y su estela dantesca. (Esperemos que gracias a la bondad inteligente de una mayoría en estado de despertar exponencial sin recaídas irreversibles, el final de la obra sea el mismo que el de La Divina Commedia…ojalá!)
    Un gran abrazo y una gratitud infinita

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