El presente no existe

«A los niños que fuimos. Ayer se fue; mañana no ha llegado» Francisco de Quevedo

Mientras volvía de trabajar sin haber terminado el mes de noviembre me iba encontrando con múltiples imágenes navideñas. Decoración en tiendas y restaurantes, árboles adornados en los hoteles y escaparates con motivos propios de una fiesta que debería celebrarse los días 24 y 25 de diciembre.

Entonces, me di cuenta de que para nosotros los occidentales, el presente ya no existe porque aquel día era un 16 de noviembre.

Sentí la tristeza de pensar en lo pobres que nos hemos convertido, en la incapacidad que tenemos de vivir el presente, de disfrutar el momento, de tener conciencia de nuestra finitud y ser capaces de estar en el lugar y la hora en la que realmente nos encontramos.

Y llegué a casa como si me persiguieran fantasmas y con la perplejidad de un niño que se siente en un lugar extraño.

«La gente se suele retirar al campo, a la costa o a la montaña. Tú mismo lo deseas a menudo. Pero es un tanto ingenuo, pues en cualquier momento te puedes retirar en ti mismo.» Marco Aurelio

La verdadera luminosidad está dentro de cada uno de nosotros

Leo en los periódicos que nos hemos gastado más de tres millones y medio de euros en decorar las calles de Madrid e inmediatamente pienso en las dificultades de tantas y tan numerosas personas (que se miden por millones en nuestro país) que viven en el límite de la pobreza y que no pueden pagar la luz.

¿No es un contrasentido este gasto cuando nos encontramos a un mes de distancia?

Supongo que seré el único del barrio, pero me parece frívolo e innecesario el lujo de la iluminación de las calles como un reclamo para el consumo incontrolable. Una grosera invitación municipal como si en el raso cielo madrileño estuviera escrita la frase todos queremos más y nos lo merecemos arrastrada por aviones dorados y brillantes.

La luz que marca nuestros caminos, la que nos hace dueños de nuestra intrahistoria y nos permite crecer para ser con los otros no se encuentra en esas calles tan anchas y ajenas en las que nos sentimos mezclados, empujados y arrastrados por un movimiento de gentes que corren maquinalmente como si siempre llegasen tarde a un lugar cualquiera, sino en nuestro interior.

Es la luz que hemos recibido al llegar a este mundo, la misma que se apagará cuando nos marchemos. Olvidarlo nos conduce al abismo de lo fútil y lo inútil en un permanente ejercicio de vanidad.

«El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí por qué se nos escapa el presente.» Gustave Flaubert

Ya no somos porque solo tenemos

Ahora la razón para estar de modo permanente en el mundo subiendo la pesada piedra por la cuesta es tener. Más dinero, más casas, otro teléfono móvil más caro, un coche eléctrico y automático, billetes de avión a países remotos, máquinas que nos aíslan y alejan de las relaciones humanas.

Pero mientras tenemos no somos, porque hemos perdido la capacidad de relacionarnos mirándonos a los ojos, algo imposible mientras estamos ocupados en las máquinas. Ha desaparecido también de nuestro entorno la maravillosa potencia del ser humano para el asombro que nos permite gozar y sentir en plenitud.

Todo parece inventado y lo que no lo está surge de la nada con la etiqueta de más rápido, más fácil, más virtual y a la vez se amplía la distancia entre nosotros.

Sorprende por tanto, que cuando las cosas que realmente nos aportan felicidad son aquellas que hacemos porque en sí mismas nos dan placer y nos hacen crecer como personas dediquemos la mayor parte de nuestro tiempo a la banalidad de lo superficial que nos estanca en la ciénaga de las redes y el consumo.

Porque, en el fondo, ser felices debería estar relacionado con algo tan simple como ser uno mismo y llevar una vida digna de ser contada, no tanto por lo tenido sino por lo vivido.

«La felicidad no está en otro lugar sino en este lugar, no en otra hora, sino en esta hora.» Walt Whitman

La felicidad no es un destino sino un camino

El mensaje que recibimos cada día en los anuncios que nos asedian (prensa, concursos y programas de televisión, noticiarios, carteles en las calles, camisetas de los deportistas que admiramos) está lleno de perfumes, coches, aparatos electrónicos, bebidas, comidas y toda clase de consumibles que no tenemos y por lo tanto deseamos.

Adoptamos con facilidad y sin pararnos un segundo a pensar todos los nuevos tópicos de la cultura del capitalismo como las supuestas rebajas con denominación anglófila (todo en inglés suena mejor, huele mejor y parece más real) o la ajena fiesta de los muertos con el monstruoso desfile infantil que crea perplejidad en las personas sensatas que aún habitan esta piel de toro.

Parecemos inmunes a la estulticia de los políticos que compiten para ver quién es el que tiene el árbol de navidad más grande y con más luces, la ciudad que recibe más visitas para comprar en sus tiendas (exactamente iguales que las de cualquier otro lugar) y llenar sus hoteles y bares sin encanto en una orgía de consumo que se refleja especular y espectacularmente en el lago de las colas incesantes ante las casas de loterías que prometen la felicidad eterna.

Y aunque en la calle la temperatura invite a la chimenea y la tranquilidad del hogar la inquietud de una vida en la cadena de producción de estos tiempos modernos (que tan atinadamente describió hace casi cien años Chaplin) nos ubica aunque no  queramos, indefectiblemente en nuestro sitio; los grandes almacenes en los que luminosos carteles prometen la boba sonrisa de todos con los mejores regalos y calles rodeadas de miles de terrazas como gigantes lomos de dinosaurios que impiden el paso tranquilo a los ciudadanos y el descanso merecido en las noches.

Todo se da por bueno en los altares del dios dinero oficiado por los gurús de las compras mientras contemplamos impertérritos el mar lleno de muertos, los campamentos de refugiados bajo el viento y la nieve o las colas del hambre en la pantalla de nuestro nuevo televisor cuyo número de canales somos incapaces de contar.

¿Es todo esto la felicidad?

Desde que habitamos este planeta los seres humanos nos hemos preguntado por la felicidad. Los filósofos han escrito miles de páginas y los poetas han creído sentir su latido. El cine, las expresiones plásticas y la literatura se han inspirado en ella y para cada uno de nosotros ser feliz es un anhelo.

Cuando la buscamos y nos preguntamos dónde se encuentra nos enfrentamos a muy diferentes respuestas resumidas en dos. La felicidad es tener o ser. Y esa es la cuestión.

Todo lo que nos rodea nos susurra desde las pantallas y los carteles luminosos tener, tener, tener. Tanto tienes, tanto vales. Y por ello, solemos pensar que deben ser más felices los que más tiene; los reyes, banqueros, políticos, deportistas o empresarios millonarios mientras leemos con envidia la lista Forbes de los más ricos.

Sin embargo, no nos parece tan claro que la felicidad sea eso, cuando de pronto recordamos el escalofrío del primer beso, la sensación de libertad en aquel bosque, o la alegría por el éxito de un amigo, y nos damos cuenta que hemos vivido esos momentos sublimes que no tienen precio.

Entonces, es cuando descubrimos que la felicidad tiene más que ver con ser que con tener. Ser sabio para conocer mis limitaciones, libre para tomar la decisión de dónde, cómo y con quién vivir, curioso para disfrutar de todo lo que existe a mi alrededor, humilde para reconocer que puedo aprender de todo y de todos, generoso para reconocer que compartir es un acto supremo de humanidad, respetuoso con las personas, animales y con la naturaleza y amistoso con todos porque nada me pertenece.

La felicidad es un estado por el que a veces tenemos la fortuna de transitar y al que es más sencillo llegar si en este vagar por el mundo cargamos la mochila de razones virtuosas, porque tal y como el poeta nos recuerda en cada una de nuestras ítacas, lo importante del viaje no es el destino sino el camino, que es donde realmente se encuentra la felicidad.

Y para reconocer su rostro es necesario ser y estar presente, teniendo como hábito la virtud y el ejemplo como guía.

«El secreto de la salud para la mente y el cuerpo reside en no lamentarse por el pasado, no preocuparse por el futuro y no anticipar los problemas, sino vivir en el momento presente seria y sabiamente.» Buda

La ausencia de presente nos enferma

Es lógico que transitemos entre la depresión (con la mirada nostálgica a un pasado que nos parece mejor) y la ansiedad (con el pensamiento y la acción en permanente reto con el futuro tanto inmediato como lejano) que nos angustia, enferma y nos hace sentir infelices porque genera miedo, culpa y destruye nuestra autoestima.

Cada día acuden a nuestras consultas personas que se ven a sí mismas como perdedoras porque han sufrido daños (laborales, familiares, afectivos, económicos o en su salud física) y aunque tienen historias únicas e intransferibles están atrapados en una común tela de araña que les envuelve e impide moverse; la incapacidad de estar en el presente.

Nuestra compleja labor como terapeutas se dirige en gran medida a facilitar que se den cuenta de que es el presente lo que pierden, porque es precisamente el presente el único territorio que de verdad habitan.

El pasado ya no existe aunque provoque heridas y lágrimas, y el futuro es un abismo desconocido porque no sabemos si llegará ni que nos deparara por mucho que lo temamos.

Centrarse en el presente, en el aquí y el ahora, mediante la lectura, la música, las técnicas de relajación, la meditación, la oración y las diversas formas y técnicas de afrontamiento psicoterapéutico les permitirá recobrar lo que fueron y lo que son, un proyecto de vida con sus rosas y espinas conformando el camino y viviendo lo más sabiamente posible.

Vivir la Navidad en presente

Hace muchos años que las fiestas navideñas han dejado de traerme la paz, reflexión y felicidad necesarias para desear que lleguen. Y es que, lo que veo y siento a mí alrededor no acaba de gustarme.

Me parece habitar en un permanente cuento de Dickens lleno de Ebenezer Scrooge de todo tipo que nos atrapan y estrangulan con sus bolsas llenas de objetos y dinero incapaces de compartir.

Celebramos un hecho histórico y religioso con una dimensión diferente para los creyentes, agnósticos o ateos pero con una idea común: un tiempo de paz.

La Navidad ha sido siempre una fiesta para la paz entre los seres humanos, un momento y un espacio preparado para encontrar la verdadera dimensión de la humildad, del agradecimiento por ser lo que somos, del privilegio de estar en el mundo y del amor compartido.

Pienso en la Navidad como ese instante en el que en aquel pequeño cuarto de la casa de mis abuelos contemplo con luz tenue y en silencio el Belén mientras asisto al momento mágico en el que está naciendo Dios.

Un momento teñido de infancia, porque los niños tienen siempre la fortuna de que el único tiempo en el que habitan es el presente.

Sobre el Autor

Dr. Jose Ignacio Torres
Dr. Jose Ignacio Torres

Jose Ignacio. Médico de familia. Después de un año breve pero intenso de formacion en la Fundación Jiménez Díaz como médico residente de hematología, realicé mi residencia de medicina de familia en el Hospital Universitario Marques de Valdecilla (Santander). He trabajado en muchos aspectos relacionados con la medicina de familia: jefe de estudios, tutor de residentes, presidente de la comisión de calidad... Pero sobre todo en mi consulta en los centros de salud de las antenas (Santander), Barcelona en Móstoles (Madrid), San Agustín y Gamonal Antigua (Burgos) y actualmente en Montesa (Madrid). Siempre me han interesado la investigación, la docencia y la asistencia y por eso he tenido la suerte de poder formar muchos médicos residentes la mayoría de los cuales han compartido conmigo la ilusión y el cariño de tratar con personas, de cuidar personas. Me considero un terapeuta, alguien que intenta ayudar a mejorar la salud de los que acuden a su consulta. En los años 90 sentí la necesidad de aprender otras formar de terapia y tuve la gran fortuna de conocer la homeopatía. Soy especialista universitario en homeopatía por la universidad de Valladolid. Desde entonces, tanto en el centro de salud como durante algunos años en mi consulta privada he tenido la maravillosa experiencia de escuchar, comprender y tratar a muchos pacientes con medicamentos homeopáticos y me he sentido realmente útil.

Mis áreas de interés prioritario han sido las actividades preventivas, las enfermedades cardiovasculares crónicas, y las técnicas de comunicación. Pertenezco al grupo-programa comunicación y salud de SEMFYC y he sido varios años parte de un extraordinario grupo de profesionales y amigos en el grupo de comunicación y salud de Burgos.

Como docente actualmente soy profesor del CEDH y he tenido la posibilidad de compartir experiencias y conocimientos con alumnos de pregrado (alumnos de medicina de la facultad de medicina de Zaragoza), médicos, veterinarios y farmacéuticos.

La homeopatía me ha dado la oportunidad de conocer a excelentes profesionales y personas, ayudar a muchos pacientes y proporcionarme las herramientas más poderosas para un médico: la humildad, el sentido común, la escucha activa y unos fármacos seguros y eficaces.

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