El coronavirus, el virus que nos aísla. Así lo he vivido yo

Amar es dónde, algo lo evoca siempre:
un terrado a lo lejos, la tarima vacía
(en el suelo una rosa) de un director de orquesta,
los músicos que hoy están tocando solos.
Tu habitación al clarear el día.
Y, claro está, los pájaros que cantan
en aquel cementerio una mañana de junio.
Amar es un lugar.
Perdura en lo más hondo: es de dónde venimos.
Y también el lugar donde queda la vida.

Joan Margarit

A Arancha

El 10 de abril de 2020, Viernes Santo y Día Internacional de la Homeopatía salí de mi aislamiento después de 24 días de contagio y enfermedad al recibir la noticia de que la PCR era negativa para el virus que nos aísla.

No sabemos qué mundo quedará cuando acabe todo esto. Si nuestras vidas volverán a ver otros países, otros horizontes y si podremos ir al cine, al teatro, a la ópera, a congresos y reuniones, a eventos deportivos. Si podremos volver a besarnos y abrazarnos como siempre lo hemos hecho.

Pienso ahora, en la noche del 10 de septiembre de 2001. Yo estaba sentado en un avión en el aeropuerto internacional John F. Kennedy esperando el despegue sin saber que al llegar a mi casa de Burgos horas después contemplaría con incredulidad y tristeza la caída de las Torres Gemelas en las que dos días antes había estado con Arancha, Pilar y Juan. Una larga caída narrada televisivamente por Matías Prats.

Entonces, tampoco sabíamos lo que iba a pasar en el mundo a partir de esos atentados en pleno corazón de la civilización occidental. Sin embargo, la vida continuó su curso, supongo que con el trabajo y las ilusiones de los que mueven el mundo y que son mayoría, las personas de buena voluntad.

El virus que me aisló ha sido una experiencia, un aprendizaje, pero sobre todo una lección de amor.

He estado confinado en una habitación, con la suerte de que estaba llena de libros y un cuarto de baño anexo más de tres semanas para comprobar algo que ya sabía; lo que cura es el afecto.

La escucha y la compasión son las llaves que abren la puerta a cualquier remedio, sea un fármaco, psicoterapia o cambios en el estilo de vida.

Recuerdo vagamente el día 17 de marzo. Mis compañeros de trabajo estuvieron toda la mañana diciéndome que me fuera a casa por esa insistente tos, y cuando llegué lo único que quería era acostarme.

Durante tres días apenas pude moverme de la cama, con un dolorimiento general y una astenia tan intensa que pensar, comer o ir al baño parecían un esfuerzo sobrehumano, por eso la cabeza no daba para pensar en más.

El cuarto día, con más lucidez, llegó el miedo que me acompañó durante varios días, controlando la temperatura y la saturación de oxígeno y comprobando que tenía fiebre o febrícula y que no pasaba de 90-91.

Solo deseaba quedarme en casa, no ir a ningún hospital a hacerme pruebas o ingresarme, incluso si había llegado el momento de mi muerte lo daba por bueno, pero nada de hospitales. Y al otro lado de la puerta cerrada de mi habitación mi familia compartía preocupaciones y miedos y sufría por mi estado aunque no me lo transmitía por no aumentar mis temores.

Pensar en la muerte, aunque no lo compartía con nadie, fue una constante diaria durante al menos una semana. Podía ser el momento, de hecho cada día aparecían en las noticias (aunque intentara no saber de ello era prácticamente imposible) personas conocidas, y también sanitarios que se habían ido por culpa del virus que nos aísla.

Al fin y al cabo había tenido una buena vida. Una vida llena de lecturas, de viajes, de cine y de música. Había escuchado la voz de Teresa Salgueiro y de Janet Baker, a mi “amigo” Mozart, a Bach, Händel, Vivaldi, Beethoven y Mahler, el adagio de Barber, el ständchen de Schubert y el andante con moto de su trío op 100, a los Beatles, Dylan, Santana, Queen, Supertramp, Police, a los grupos de la movida de los 80 con esa frescura que solo puede dar la libertad, a  Louis Armstrong, John Coltrane, Nina Simone, Pat Methenyy, Keith Jarrett, a Aute , Lllach, Serrat y a los poetas cantados por Paco Ibáñez, la bossa nova de Jobim, Vinicus de Moraes y Toquinho (con tantos vinilos que me había regalado mi tío), la música minimalista de Philip Glass, Arvo Pärt, Henryk Górecki o Michel Nyman, las óperas de Verdi, Donizetti , Puccini y los veristas. Tanta música como alimento del alma.

Y había conocido tantas personas extraordinarias. Desde mi abuelo, pasando por mi padre, mi tío, mi familia toda y la familia que había fundado con Arancha. Mis hijos, que eran mi mejor obra. Y mi trabajo, un trabajo en el que tenía la fortuna de hacer lo que amaba y amar lo que hacía. Un trabajo que era una fiesta cada día por la ilusión con la que afrontaba cada consulta, cada visita domiciliaria, cada encuentro con mis compañeros.

Me habían enseñado a lo largo de los años lo que era la bondad, la generosidad, la entrega, el sacrificio, el amor.

Solo pensaba en que esta felicidad y buena vida se había truncado con la enfermedad de mi hijo pequeño cuando aquel día 13 de septiembre un accidente de tráfico nos arrancó de las manos a aquel capitán de quince años. Pero aun así, estaba con nosotros y habíamos salido adelante con la ayuda de tantas personas.

Dame la mano

para trazar el camino

hacia el gran lago de los sueños,

dame la mano,

hay un horizonte

que nos llama de muy lejos.

Miquel Martí i Pol

Al final, gracias a los consejos de Juan y Teresa determiné utilizar medicamentos que se estaban empleando en el hospital, hidroxicloroquina y levofloxacino, a los que añadí algunos medicamentos homeopáticos que seguramente habrán sido de ayuda en mi recuperación, pero el medicamento que me ha permitido tener la sensación de que me iba a curar fue el amor.

Las llamadas frecuentes de mis amigos Juan, José Luis, Pedro, Pilar, Carmen, Ramón y Vicente, los mensajes de apoyo de tantos amigos, familiares, compañeros de trabajo e incluso de varios pacientes y los cuidados de Arancha han sido para mí sin duda las medicinas que me ayudaron a dejar de pensar en la muerte y desear vivir. Vivir para seguir disfrutando de mi familia, de mis amigos, de la música, de la poesía, de los paisajes y de mi trabajo como médico.

Hubo momentos de incertidumbre, esperando el resultado de pruebas que no llegaban, mientras me sentía cada vez peor y sin saber cómo iba a evolucionar la enfermedad. Sin ganas de nada. Ni de leer, de escuchar música, ni siquiera de comer. Solo tenía puesto el interés en mi temperatura corporal y en mi saturación de oxígeno, desesperándome con esas cifras tan poco apropiadas o con la aparición de nuevo de la fiebre. Pero, incluso en los peores momentos siempre estaba ella para darme ánimos con palabras de cariño y de aliento, haciéndome ver que quizás estaba equivocado. Siempre llegaba con la sonrisa en la boca (a pesar de la mascarilla), con el ánimo entero y con comidas cada día más apetitosas, incluidas las torrijas porque se acercaba la temporada.

Las etapas de la enfermedad por el virus que nos aísla

He vivido mi enfermedad y reclusión en cinco etapas.

En esa primera etapa, ya descrita, llegué de trabajar el día 17 de marzo, comí y sin más pausa me acosté, permaneciendo unos tres días en la cama sin saber quién era ni que estaba sucediendo. Solo necesitaba descansar. No podía con mi cuerpo, de modo que acercarme al baño era como subir a la cima de una montaña.

En la segunda etapa comencé a ser consciente de los síntomas; astenia intensísima, dolores musculares, tos seca y fiebre o febrícula, de modo que pedí que me trajesen el pulsioxímetro para poder comprobar en los próximos días mi saturación de oxígeno.

La tercera etapa fue la peor, cuando a la tos, la fiebre o febrícula y al malestar general se añadió una saturación insatisfactoria. Fue la etapa del miedo. Miedo al hospital y miedo a la muerte. Solo los cuidados de Arancha y de todas las personas que me escribían y llamaban junto con el comienzo de un tratamiento que me hacía albergar esperanzas y el empleo frecuente de Bryonia 30 CH y Gelsemium 30 CH me permitieron seguir adelante con confianza, comprobando mi mejoría lenta pero progresiva. Mientras tanto, seguía la evolución de la enfermedad de mi amigo Diego felizmente recuperado tras su hospitalización y después, la de mi tío y primo ambos ingresados que cuando escribo estas líneas evolucionan favorablemente.

Cuando superé los fatídicos 8-10 días de Coronavirus, estando en la segunda semana empecé a ver la posibilidad de que podía curarme en casa con los cuidados de todos y los medicamentos.

En la cuarta etapa, a partir del duodécimo día, en la que me sentía sin apenas síntomas, sin fiebre y con una saturación normal acepté el aislamiento con la suficientes ganas y fuerza para volver a leer, estudiar, escuchar música, escribir y disfrutar del cine y de la ópera. Los libros, cómics, la poesía, el cine y la música me acompañaron durante muchas de las horas de reclusión. Me encontraba bien, y esperaba solamente a que la quinta etapa, la de curación, que se consolidase con la buena nueva de una prueba negativa para el virus que me permitiese salir de la habitación, convivir con mi familia y volver a trabajar.

El virus que me aisló, que está produciendo tanta enfermedad, tanto dolor y tantas pérdidas en este país llamado España, ha sido para mí una lección de amor.

Ahora celebro, en el salón de la casa ya sin mascarilla junto a mi familia y pensando en todos vosotros que tanto habéis contribuido a ello, mi recuperación y aprendizaje mientras escucho en el vinilo el concierto para violín de Mendelssohn interpretado por una entonces jovencísima Anne Sophie Mutter dirigida por Karajan. Un brindis por la música, medicamento único y alimento del alma y por la vida que nos queda. Por esos momentos que compartir con todos los que habéis estado al otro lado del hilo, el telefónico y el que sostiene la esperanza.

Espero que en un futuro, estas semanas, estos meses, queden en un mal sueño y una fuente de aprendizaje para todos. Aprender para no repetir los errores. Y tener presente que hay pocas cosas importantes en la vida y muchas accesorias.

Sobre el Autor

Dr. Jose Ignacio Torres
Dr. Jose Ignacio Torres

Jose Ignacio. Médico de familia. Después de un año breve pero intenso de formacion en la Fundación Jiménez Díaz como médico residente de hematología, realicé mi residencia de medicina de familia en el Hospital Universitario Marques de Valdecilla (Santander). He trabajado en muchos aspectos relacionados con la medicina de familia: jefe de estudios, tutor de residentes, presidente de la comisión de calidad... Pero sobre todo en mi consulta en los centros de salud de las antenas (Santander), Barcelona en Móstoles (Madrid), San Agustín y Gamonal Antigua (Burgos) y actualmente en Montesa (Madrid). Siempre me han interesado la investigación, la docencia y la asistencia y por eso he tenido la suerte de poder formar muchos médicos residentes la mayoría de los cuales han compartido conmigo la ilusión y el cariño de tratar con personas, de cuidar personas. Me considero un terapeuta, alguien que intenta ayudar a mejorar la salud de los que acuden a su consulta. En los años 90 sentí la necesidad de aprender otras formar de terapia y tuve la gran fortuna de conocer la homeopatía. Soy especialista universitario en homeopatía por la universidad de Valladolid. Desde entonces, tanto en el centro de salud como durante algunos años en mi consulta privada he tenido la maravillosa experiencia de escuchar, comprender y tratar a muchos pacientes con medicamentos homeopáticos y me he sentido realmente útil.

Mis áreas de interés prioritario han sido las actividades preventivas, las enfermedades cardiovasculares crónicas, y las técnicas de comunicación. Pertenezco al grupo-programa comunicación y salud de SEMFYC y he sido varios años parte de un extraordinario grupo de profesionales y amigos en el grupo de comunicación y salud de Burgos.

Como docente actualmente soy profesor del CEDH y he tenido la posibilidad de compartir experiencias y conocimientos con alumnos de pregrado (alumnos de medicina de la facultad de medicina de Zaragoza), médicos, veterinarios y farmacéuticos.

La homeopatía me ha dado la oportunidad de conocer a excelentes profesionales y personas, ayudar a muchos pacientes y proporcionarme las herramientas más poderosas para un médico: la humildad, el sentido común, la escucha activa y unos fármacos seguros y eficaces.

11 Comentarios

Comentar
  • Muchas gracias por compartir estas vivencias. El relato es profundamente terapéutico. Completamente de acuerdo en que el amor lo que abre la puerta para la curación.
    Un privilegio ser paciente suyo!

    Miguel Ángel

  • Gracias por este relato verdadero.
    Muchos sabemos lo que tu vales pero me imagino las «desvividas» de Arancha con ese amor y maña que le caracteriza, como un elemento clave en la buena evolución.
    Un abrazo para toda tu gran familia.

  • Buen día Dr José Ignacio
    Lo felicito por su excelente publicación y por compartir su experiencia
    Soy MVZ en Mexico me gusta la homeopatía me ayuda mucho en problemas de alergia del heno
    Me apasiona la medicina preventiva
    Al respecto una pregunta aquí en México estamos al parecer controlados
    Pero al saturarse hospitales me gustaría saber cómo uso el levofloxaxino la hodrocloraxidima y donde puedo encontrar los medicamentos homeopáticos que usted describe para agregarlos al tratamiento en caso de contraer el virus
    Me gusta ayudar y estar informado
    O por esta vía si fuera posible
    Buen día
    Gracias
    Felicitaciones

    • Muchas gracias Luis Miguel.
      Cuando yo estuve enfermo se podía comprar en la farmacia. Ahora es más complicado y además tenemos más dudas sobre la utilidad en cada paciente de dichos tratamientos.
      Espero que en un futuro sepamos más.
      En cuanto a los medicamentos homeopáticos se compran en las farmacias y los seleccione por mis sintomas pero es posible que haya una lista amplia de ellos.
      En su país hay homeópatas excelentes que han estado trabajando mucho este tema.

      Un cordial saludo

  • Es imposible leer tus comentarios amiga, sin emocionarse con tus palabras.
    Lo he leído con Arancha y los dos hemos llorado mientras poníamos en voz alta tu comentario.
    Muchas gracias de todo corazón por ellas y por el espíritu con el que haces todo y que nos ayuda a todos los que compartimos sentimientos e ideas contigo.

    Besos

  • Muchas gracias Gonzalo. Aquí estamos para seguir en esta apasionante senda de la Homeopatía, de la medicina y las humanidades. Disfrutando de lo que hacemos.

    Un fuerte abrazo

  • ¡Cuánto me/nos alegramos José Ignacio! Y qué gusto tenerte de nuevo trasmitiéndonos todas esa emociones tan sinceras que, desgraciadamente, tantas personas pueden verse reflejas en ellas.
    Ahora que no podemos abrazarnos te envío un gran abrazo quijotesco lleno de afecto.
    un fuerte abrazo, amigo!

  • ¡Enhorabuena y felicidades, querido José Ignacio! Me alegro infinitamente de tu recuperación y del tesoro que has obtenido en tu experiencia. Supongo que será por una conexión espiritual entre poetas del alma, pero llevaba un par de semanas intuyendo que el virus te había atacado, y cuando encontré tu anterior artículo fue un alivio, era como la confirmación de que ya estabas bien. Normalmente cada día al despertar hago meditación y ejercicios respiratorios, que acaban con un envío de reiki a todos los seres humanos, especialmente a lo más necesitados de energía en la jornada que comienza, y que incluye a amigos, familia, vecinos, alumnos, Planeta y Naturaleza, y por supuesto a vosotros, hermanos médicos del cuerpo y del alma, que en este maratón pandémico os jugáis la vida por amor vocacional.
    Una de mis hijas, Isabel, analista junguiana y profesora en la Facultad de Psicología, en la Universidad de València, también pilló el virus y lo ha pasado en un estado muy parecido al tuyo, según lo relatas. También lo ha superado y ha comprobado el efecto increíble de la homeopatía y del amor de Juan, Leo y Nùria, su marido, e hijos, en el piso de abajo y en el jardín, mientras ella estaba aislada en su habitación y cuarto de baño. Es una prueba muy dura para el enfermo y la familia, pero, si es el Amor, con mayúscula, el que lleva la voz cantante, todo es para bien, pase lo que pase.
    Es un regalo precioso y entrañable este relato que acabas de publicar, estoy segura de que hará mucho bien a los lectores. Gracias por compartir tesoros como éste.
    Felicidades también a tu familia. Tengo una hija que se llama Arancha. Es un nombre precioso, que hace juego con las usuarias.
    Un abrazo enorme para todas y todos, y para ti, cómo no, maestro, amigo y hermano

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