Mi amigo es médico homeópata

¡Sí, señor! Y bien alto lo digo. Médico de vocación y médico de formación. Médico de familia, y de familia de médicos. Homeópata por curiosidad, por entusiasmo. Homeópata para buscar una mejor relación con sus pacientes. Sí, ya sé que corren malos tiempos para la homeopatía a juzgar por los periódicos. Raro es el mes en que en los medios de comunicación no se publica un reportaje, tengo que decir algo repetitivo y dirigido al gran público, en que no se denoste a los homeópatas y sus glóbulos. Por eso, como médico con curiosidad por otras disciplinas y conocedor de mi amigo, médico primero y homeópata después, pero con el mismo entusiasmo en ambos quehaceres, he de escribir estas líneas.

Lo conozco bien. Compartimos aula, pupitre y muchas tardes y noches en su casa o en la mía, a vueltas con la patología médica, los músculos del cuello, la quirúrgica y por qué no decirlo, escuchando música y charlando de tantas cosas, que también eso hace medicina y amistad. Tras la universidad,  inicia su andadura primero en la Fundación, en la casa del padre, aunque para liberarse de esta sombra, a veces tan densa, tan presente, prefiere autoexiliarse mucho más al norte, para convertirse en un residente más, anónimo, no el hijo de, saltando sin red… Culmina, o en realidad prosigue, su aprendizaje médico en tierras cántabras y a la vez su propio aprendizaje más personal, pues no solo de ciencia galénica se ha nutrido en Santander, sino que el azar, le ha hecho conocer a la que será su compañera de camino. La vida y el amor le instalan en Burgos. La familia crece, como crece su interés por las cosas, su curiosidad por todo lo que le rodea, y sobre todo por su profesión que ejerce en los ambulatorios de los barrios más desfavorecidos de la ciudad.  Cada paciente plantea además de un reto diagnóstico, un enigma en torno a su existencia, hace preguntas que la mayor parte de las veces no se expresan con palabras, pero que, como todo buen médico, intenta responder. No se trata solo de hacer buenos diagnósticos y plantear tratamientos adecuados, según las guías clínicas establecidas, que conoce y actualiza: se trata de acompañar al paciente en su camino vital. Y mi amigo siente que algo le falta. Con las armas que le han sido dadas, no puede ofrecer a sus pacientes todo lo que ellos precisan.

En nuestros encuentros, en Burgos o en Madrid, mi colega iba adquiriendo para mí las cualidades de un médico concienzudo y estudioso, poco amigo de afirmaciones no basadas en sus lecturas. Añade un punto de seriedad profesional a su carácter naturalmente jovial, cuando se plantean temas médicos, pero al conversar con los pacientes, su rigor científico no quiere perder la dosis necesaria de afecto y cercanía. Además de los temas médicos, en nuestras conversaciones aparecen nuevos nombres de ensayistas, científicos, filósofos, pero también poetas y me habla de Damasio, Marina, Ferry o de Ángel González o Gil de Biedma, con igual entusiasmo.

Pero mi amigo, como Oliver Sacks, salvando evidentemente las distancias, se siente a la vez médico y naturalista y le interesan con igual intensidad las enfermedades y las personas.  Le llegan noticias de unos cursos de post-grado de homeopatía, en la Universidad de Valladolid, que le parecen serios y rápidamente despiertan su interés. Tanto que es capaz de sacrificar sus fines de semana, a pesar de tener ya tres hijos en casa, y recorrer más de 200 km para recuperar su puesto de alumno, que nunca ha abandonado del todo. Y la homeopatía le descubre un mundo nuevo, no solo de posibilidades terapéuticas que él, debido a su formación en la doctrina de los postulados científicos de Claude Bernard, acoge con dudas y lógico escepticismo, sino de conocimiento sobre el paciente y su enfermedad. Comienza a experimentar en sí mismo y en sus allegados y poco a poco comprueba la eficacia de lo que va aprendiendo. Pero, sobre todo, las nuevas enseñanzas le ayudan a acercarse más a sus pacientes y a comprender mejor su situación emocional y por tanto a tratar mejor su padecer.

ES CURIOSO Y TRISTE COMPROBAR COMO NUESTROS RESPONSABLES SANITARIOS HAN EMPRENDIDO UNA CRUZADA CONTRA LAS PSEUDOCIENCIAS, PERO NO CONTRA LA MALA PRAXIS Y LOS MALOS MÉDICOS

Si se lee alguna de las numerosas diatribas contra la homeopatía (últimamente se prodigan de tal forma en los medios, que uno no puede por menos pensar en los intereses económicos que las sustentan) vemos como los argumentos esgrimidos se repiten de forma monótona: “el azúcar más caro del mundo”, “la homeopatía es acientífica, absurda y trasnochada”, “ningún ensayo clínico ha demostrado su eficacia”, “no cura ninguna enfermedad” y así sucesivamente. En ninguno de estos artículos, he leído nada referido al valor de la historia clínica homeopática. Probablemente porque los que los escriben son en su mayoría no médicos, y desconocen por tanto qué significa tener un paciente al otro lado de la mesa. Sin embargo, una buena historia clínica sigue siendo una de las piezas claves en el diagnóstico y posible tratamiento del paciente. No solo obtenemos una información precisa sobre los síntomas, sino que permite al paciente expresar, con sus palabras, sus sentimientos acerca de su enfermedad. Esta parte fundamental de la relación médico-paciente está en trance de deteriorarse gravemente en nuestro sistema nacional de salud, pero nuestros compañeros médicos de primaria luchan por mantener un tiempo mínimo por paciente, conscientes de la importancia de este diálogo.  Es curioso y triste comprobar como nuestros responsables sanitarios han emprendido una cruzada contra las pseudociencias, pero no contra la mala praxis y los malos médicos, y están lejos de favorecer con medidas organizativas y de gestión, una buena relación médico-paciente. Nuestras facultades de medicina se están convirtiendo en academias preparatorias del examen MIR, y nuestros alumnos cada vez reciben menos nociones de semiología médica y técnica exploratoria. Escasos son los que conocen el significado de los términos “propedéutica clínica”.

La anamnesis homeopática, en cambio, ahonda en aspectos muy personales del paciente, de la esfera íntima, diríamos. Mi amigo se da cuenta que, al abordar a sus pacientes bajo estas dos perspectivas, obtiene una información que le resulta más útil para planificar un tratamiento no solo para la enfermedad sino para la persona que padece esta enfermedad. El viejo aforismo de “no hay enfermedades, sino enfermos” cobra vida y no se queda en palabras huecas. Tener en cuenta aspectos como la personalidad del paciente, sus miedos, sus preferencias alimentarias, su temperamento, es exclusivo del homeópata. Un médico con formación ortodoxa aúna estos datos en su anamnesis y su visión del paciente es mucho más global, “holística” si queremos hablar fino y desde luego su práctica médica resulta mucho más personalizada: está tratando a un paciente no un padecimiento. El paciente toma parte activa en su tratamiento ya que este, en teoría, está pensado para estimular su sistema inmune y de esta forma restablecer la salud. El planteamiento no deja de ser revolucionario, sobre todo si lo comparo con otra de las frases hechas que se decían en mis tiempos de estudiante: “Britapén y no mires a quién” (cámbiese el antibiótico por otro de amplio espectro y más moderno y vemos que las cosas no han cambiado mucho).

Las soflamas anti homeopáticas que tratan a esta disciplina de acientífica otorgan implícitamente a la medicina ortodoxa los laureles del cientifismo más absoluto. Bueno, tampoco hay que exagerar. Ni todos los medicamentos que utilizamos o recetamos tienen una utilidad suficientemente demostrada, ni nosotros conocemos el mecanismo de acción de todos los fármacos que solemos administrar. Las normas en ciencia no son inmutables. Conceptos que se creían sólidos no resisten un análisis posterior más profundo: tenemos múltiples ejemplos, señal de que la ciencia sigue viva. En mi campo por ejemplo, hasta hace bien poco era un dato incontrovertido que buena parte de los efectos biológicos de las radiaciones ionizantes no tenían dosis umbral: desde hace varios años, no dejan de publicarse trabajos en reputadas revistas, sobre la radiación hormética: las temibles radiaciones por debajo de una dosis determinada, puede tener incluso un efecto beneficioso.

Lo que se debe combatir es la mala medicina, perseguir a los malos médicos y a los charlatanes. En la buena medicina, las etiquetas se difuminan y solo queda la emoción de tratar a un paciente. Cuando yo esté enfermo, me tratará mi amigo, sin ninguna duda, con armas alopáticas o combinadas con gránulos o glóbulos si él lo estima oportuno, porque en él, en mi médico tengo depositada mi confianza.

Sobre el Autor

Pedro Borrego Ruiz
Pedro Borrego Ruiz

Especialista en Radiología. Hice la residencia en el Hospital Clínico de San Carlos, el mismo donde estudié la carrera de Medicina. He trabajado tanto en el sistema sanitario público como en la práctica privada. Tras la residencia empecé mi trabajo de radiólogo en el Hospital Hermanos Laguna de Alcorcón, un pequeño hospital donde aprendí mucho no obstante, para luego pasar casi ocho años en el Hospital de la Princesa. Tanto en la residencia como en estos años de adjunto tuve excelentes maestros, que se convirtieron además en amigos entrañables. Trabajo y amistad van en mi caso, unidos. Tengo esa suerte. Nada más acabar la residencia fue a un hospital de la periferia de Madrid: había algo en el ambiente que no me gustaba (malas vibraciones dirían algunos): al tercer día me cambié de hospital. ¿Qué hubiera sido de mi vida personal y profesional de haber seguido en el primer trabajo? El caso es que, tras compaginar pública por la mañana y privada por la tarde, surgió la posibilidad de llevar el servicio de radiología de Clínica Moncloa, donde ya me había iniciado con mi jefe. Tras este periodo en la “calle”, once estupendos y fecundos años tanto en vivencias profesionales como en nuevas amistades, volví a la pública, primero a la Fundación Alcorcón, un año maravilloso tras el que me acometió la locura de dirigir el servicio de Radiología del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla. Aparte de las labores de gestión, me considero radiólogo general, aunque con dedicación preferente a partir de los años de la Princesa a la radiología de cabeza y cuello. Desde hace ocho me dedico en exclusiva a la neurorradiología en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid.
Mi afición por la homeopatía me viene de mis lecturas y de mis amigos. Cuando era estudiante me dio por comprar libros antiguos de medicina, entre ellos, alguno de homeopatía. Mi amigo Constantino Viela, médico ginecólogo, tuvo en sus años mozos intereses en las medicinas “marginales” y, por supuesto, mi amistad entrañable con mi compadre José Ignacio Torres, devoto de ambas materias, alopatía y homeopatía, y de otras muchas que tienen que ver con las ideas y con la curación de las personas.

3 Comentarios

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  • Hola:

    Yo también me apunto a que cuando algo falle en mi cuerpo me trate un homeópata, que atenderá y entenderá mis síntomas con una visión humana, y sin atiborrarme de pastillas.
    Gracias Perico por hablar así de un amigo y compartir el interés por una medicina mejor.

    • Muchas gracias, Mercedes. Me alegra que coincidamos. Yo, solo te puedo recomendar uno, excelente médico de familia, que puedes contactar a través de esta página web: José Ignacio Torres Jiménez.
      Saludos cordiales

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Actualizado el 18-07-2019 11:38:32 - © 2014-2019 Hablando de Homeopatía

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